Para Finalizar, el último día de nuestra estancia salí a tomar unas fotos al medio día, era domingo. Me sorprendía sobre todo que los días fueran tan cortos (8 a.m. a 4 p.m.) y durante el día el sol parecía un sol de amanecer todo el tiempo. Nunca llegaba a su zenit, y la luz que emanaba era muy blanca, me hacía creer todo el tiempo que apenas eran las 10 de la mañana. Permanecía todo el día en el horizonte y únicamente se trasladaba de izquierda a derecha, los movimientos verticales eran lentos y muy cortos.
Más tarde fuimos a una ciudad cercana que se llama Lodz, que desafortunadamente únicamente vimos de noche. Fuimos a un restaurant mexicano que estaba muy bien decorado, con fotos de los caudillos de la revolución, catrinas con vestidos de China Poblana y hasta una imagen en vivo y a todo color de la Virgencita de Guadalupe (En este momento todos se persignan), aunque la comida no me pareció tan buena.
El trayecto de regreso estuvo mucho mejor que el de ida. Había muchos más jóvenes y pude comunicarme con los demás, hasta me invitaron la cena. En cada ciudad donde parábamos subían nuevas personas y bajaban otras. El viaje había estado de maravilla hasta que llegamos a Berlín, donde se subieron unos chinos. Como ya era casi la media noche no puse mucha atención, únicamente noté que una china se sentó junto a mi. Me dormí instantáneamente. Al otro día, cuando llegamos a Estrasburgo traté de ignorar el hecho de que teníamos una pausa de 15 minutos y seguí durmiendo, ni si quiera abrí los ojos.
La siguiente parada fue una hora después, y anunciaron, “no habrá más paradas después de ésta sino hasta Lyon”. Debido a que no me quería ver obligado a usar las instalaciones sanitarias del autobús, decidí que sería bueno bajar. Cuando abrí los ojos vi a la china y hasta me espanté un poco. La china, quizá por la falta de cinturones de seguridad en el camión, decidió amarrarse al asiento de la manera más extraña posible. Su bufanda la enrolló en su cuello y los dos extremos los amarró al asiento donde estaba sentada, justo donde uno puede sostenerse, junto a su cabeza. Después se enrolló otro trapo al rededor de la cintura y esta vez amarró un extremo de la cobija/trapo/rebozo a donde en teoría debería de insertarse el cinturón de seguridad, y el otro extremo a las agarraderas del asiento de en frente. Por último, la niña agarró su morral y también lo amarró al rededor de su torso, después ató lo que sobró a sus manos.
Evidentemente no podía ni si quiera liberar sus manos, y en ese momento empezó a emitir gemidos y en seguida siete orientales más vinieron a su ayuda. Después de diez minutos de intentar desamarrarla, por fin pude salir. Primero pensaba que sus amigos se habían aprovechado mientras la china dormía y habían querido hacerle una broma, sin embargo cuando regresé la niña se había cambiado de asiento y ahora estaba junto a un amigo oriental, con los mismos amarres y nudos que tenía cuando estaba junto a mi. No contenta con hacerme aguantarme las ganas de ir al baño, sacaron un sandwich súper apestoso y empezaron a comérselo (ella tuvo que ser asistida de nuevo a desamarrar sus manos de su morral). En cuanto vi que nos acercábamos a Lyon me animé, iba por fin a dejar descansar mi trasero, mi nariz (por culpa de la china) y mi cabeza, que estaba plana de recargarse contra el vidrio de la ventana. Todo parecía que sería una bonita tarde,
Más tarde fuimos a una ciudad cercana que se llama Lodz, que desafortunadamente únicamente vimos de noche. Fuimos a un restaurant mexicano que estaba muy bien decorado, con fotos de los caudillos de la revolución, catrinas con vestidos de China Poblana y hasta una imagen en vivo y a todo color de la Virgencita de Guadalupe (En este momento todos se persignan), aunque la comida no me pareció tan buena.
El trayecto de regreso estuvo mucho mejor que el de ida. Había muchos más jóvenes y pude comunicarme con los demás, hasta me invitaron la cena. En cada ciudad donde parábamos subían nuevas personas y bajaban otras. El viaje había estado de maravilla hasta que llegamos a Berlín, donde se subieron unos chinos. Como ya era casi la media noche no puse mucha atención, únicamente noté que una china se sentó junto a mi. Me dormí instantáneamente. Al otro día, cuando llegamos a Estrasburgo traté de ignorar el hecho de que teníamos una pausa de 15 minutos y seguí durmiendo, ni si quiera abrí los ojos.
La siguiente parada fue una hora después, y anunciaron, “no habrá más paradas después de ésta sino hasta Lyon”. Debido a que no me quería ver obligado a usar las instalaciones sanitarias del autobús, decidí que sería bueno bajar. Cuando abrí los ojos vi a la china y hasta me espanté un poco. La china, quizá por la falta de cinturones de seguridad en el camión, decidió amarrarse al asiento de la manera más extraña posible. Su bufanda la enrolló en su cuello y los dos extremos los amarró al asiento donde estaba sentada, justo donde uno puede sostenerse, junto a su cabeza. Después se enrolló otro trapo al rededor de la cintura y esta vez amarró un extremo de la cobija/trapo/rebozo a donde en teoría debería de insertarse el cinturón de seguridad, y el otro extremo a las agarraderas del asiento de en frente. Por último, la niña agarró su morral y también lo amarró al rededor de su torso, después ató lo que sobró a sus manos.
Evidentemente no podía ni si quiera liberar sus manos, y en ese momento empezó a emitir gemidos y en seguida siete orientales más vinieron a su ayuda. Después de diez minutos de intentar desamarrarla, por fin pude salir. Primero pensaba que sus amigos se habían aprovechado mientras la china dormía y habían querido hacerle una broma, sin embargo cuando regresé la niña se había cambiado de asiento y ahora estaba junto a un amigo oriental, con los mismos amarres y nudos que tenía cuando estaba junto a mi. No contenta con hacerme aguantarme las ganas de ir al baño, sacaron un sandwich súper apestoso y empezaron a comérselo (ella tuvo que ser asistida de nuevo a desamarrar sus manos de su morral). En cuanto vi que nos acercábamos a Lyon me animé, iba por fin a dejar descansar mi trasero, mi nariz (por culpa de la china) y mi cabeza, que estaba plana de recargarse contra el vidrio de la ventana. Todo parecía que sería una bonita tarde,
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